Ya tenemos aquí el relato ganador del Taller de Escritura CL de noviembre. Se presentaron siete participantes, a cuyos cuentos concedisteis las siguientes puntuaciones:
1. Macacha – 5
2. Puskas – 0
3. Respublicae – 7
4. Pepsilima – 6
6. Miclera – 0
8. Arena – 4
10.Jovenpuntera – 3
La frase que debía aparecer en cualquier parte del relato era la siguiente:
«… ya no había marcha atrás. Sentía el frío cortante de aquel invierno en que, y como si fuese la cosa más normal del mundo, se…»
Y este es el relato ganador, escrito por Respublicae:
Solté las riendas y me dejé caer de la silla mientras Petrel cabeceaba buscando alguna brizna de hierba escondida entre la nieve que cubría la tierra de aquél paraje inhóspito. Cuando miraba a mi alrededor buscando alguna huella que la reciente nevada no hubiera cubierto, intuí que alguien observaba mis movimientos desde el bosquecillo que se levantaba a unos doscientos pasos. Agucé la vista tratando de descubrir entre los árboles algún indicio que confirmara lo que mis sentidos estaban percibiendo. Lentamente tomé las riendas y comencé a caminar en diagonal a los árboles sin perderlos de vista ni por un solo instante. De repente entreví de reojo un movimiento fugaz. Sí, ahí estaba mi observador. Seguí caminando unos pasos y, con una indiferencia calculada, puse un pie en el estribo y subí sobre Petrel. En cuanto me encontré en la silla clavé espuelas dirigiendo a mi fiel compañero hacia la sombra a la vez que tomaba una flecha de la aljaba que pendía del arzón y, en un fluido movimiento, sin detener el galope de Petrel, armé el arco y lancé la flecha. Escuché por un instante el silbido y después el golpe sordo que se produjo al encontrar su destino. Un instante después tiré de las riendas y descabalgué mientras dejaba el arco en la silla y desenvainaba mi espada. Esta refulgió con una luz azulada al detectar la presencia de la criatura que me había estado acechando pues mi certera flecha no había acabado con su vida.
Petrel relinchó suavemente, nervioso, y eso me hizo ponerme en guardia. Otra criatura debía encontrarse en las cercanías y mis sentidos no la habían detectado. Cuidadosamente me fui acercando a la víctima de mi flechazo y, antes de poder identificar a la criatura, esta comenzó a desvanecerse como si se la llevara el viento que se había levantado de improviso. La espada se apagó con un susurro suave y eso me indicó que lo que fuera que quedaba con vida no presentaba ningún peligro. Entonces silbé. Petrel, bien instruido, me adelantó y, con la confianza que tienen los caballos, se acercó a un bulto cubierto de nieve que ni mis sentidos ni mis avezados ojos habían visto. Con movimientos suaves empujó aquello hasta que llegué a su lado y pude ver, entre la nieve que lo cubría, un hato de ropa que empezaba a moverse. Rápidamente me acerqué a aquello que Petrel había descubierto.
Cuando quité la nieve que lo cubría y descubrí al pequeño elfo ya no había marcha atrás. Sentía el frío cortante de aquel invierno en que, y como si fuese la cosa más normal del mundo, se me ordenó salir en busca del niño que debía heredar la corona. Esa criatura inocente no debía vivir, me dijeron. Oscuras razones de estado impedían que este inocente pudiera ceñir la corona del reino y me eligieron a mí, Aldaron, también llamado “Señor de los Bosques” para encontrarlo y entregarlo al Gran Consejo.
¡Era un elfo!. En ese momento toda la ira del mundo se agolpó en mi frente. Habían jugado conmigo como quien juega con un lebrel que persigue a su presa. Tomé con cuidado al pequeño, lo acuné en mis brazos y, en las antiguas palabras de su lengua le dije: Muilelya yéva muina (Tu secreto estará oculto).
Silbé otra vez. Petrel acudió obediente, sus ollares aspiraron el olor de nuestro reciente protegido y relinchó suavemente dando su aprobación a su nuevo pasajero. Monté con el pequeño elfo en mis brazos, y sin tomar las riendas, le susurré al oído: Vuela, Petrel, vuela por nuestra vida.

Estimados amigos,